
Project Syndicate, la salvación de muchos periódicos a la hora de encontrar tribunas de prestigio, ofrece un artículo de Sergéi Karaganov, veterano diplomático y académico ruso, de gran lucidez en la descripción de muchos aspectos de la Rusia de hoy. Apunta a la divergencia de valores y al mal trato dado por Occidente a Rusia desde el desmantelamiento de la URSS como las razones principales para que Moscú esté optando por alinearse con China.
El alejamiento de la democracia (una forma suave de llamar a la “democracia soberana” de Surkov), el expansionismo de la OTAN en la “esfera de influencia” rusa que Kagaranov considera defendida en la guerra ruso-georgiana de 2008 y la dependencia energética europea (recordemos que Rusia es el principal suministrador de petróleo a España, según La Moncloa) terminarían por alejar irremediablemente a ambas potencias. Todo esto es cierto, pero no puedo estar de acuerdo en su enfoque al describir la decadencia de Occidente frente a China, que señala como otra razón para que Moscú apueste “por una civilización que va rápidamente en ascenso”.
Parece que el hecho de que China haya logrado poner en marcha una economía basada en inundar los mercados de productos y servicios basados, por un lado, en la falsificación, y, por otro, en la explotación de sus ciudadanos es un triunfo mundial que la sitúa por delante de Occidente. Es cierto que Pekín tiene una gran ventaja por su relación de interdependencia con Estados Unidos y por el músculo económico que está desarrollando y que ya emplea para construir pacientemente, y haciendo menos preguntas que Occidente, un imperio económico en África y Latinoamérica.
Pero olvidamos demasiado a menudo que China, el amable proveedor de trabajo barato, muñecos de plástico y copias económicas y rápidas de lo que haga falta, es una dictadura que mantiene a su población sometida a los designios del partido único. El Partido Comunista de China es el portador de la libertad de expresión del pueblo (como nos enseña la encarcelación de un disidente por publicar su opinión), cualquier conato de protesta es reprimido con dureza, y con mayor crueldad en las zonas rurales, y las quejas por la prepotencia urbanística que antecedió a los Juegos de Pekín fueron silenciadas a golpe de porra y presidio. En este sentido, es interesante recordar el concepto de “dictadura popular” que entroniza la Constitución de la RPCh.
Es cierto que el comportamiento de Pekín no es nada nuevo en comparación con muchos lugares del mundo. El propio Moscú no le va a la zaga en varios aspectos. Lo que me preocupa, entre otras cosas, es la fuerte ideologización de una población altamente “nacionalista” o “patriótica”. Un estado capaz de doblegar a gigantes como Google o Yahoo para que filtren los resultados de sus búsquedas en Internet (¡qué precio pagaría el Gobierno occidental que se atreviera a sugerirlo!) aspira a ejercer y ejerce un control absoluto sobre la información que reciben sus 1.300 millones de habitantes. Así, es fácil que cualquier acción del Estado quede fácilmente justificada (u oculta) en pro de la “gran nación china” y que nadie la discuta. Un aparato represor que, como hemos visto una vez más estos días, ejecuta fácilmente sin importar las circunstancias individuales (es decir, basado en una ley injusta), hace el resto.

China, ¿el próximo estado fascista?
China podrá elevar el nivel de vida de su población (ya hay quien se frota las manos pensando en 100 millones de turistas chinos en 2020) y los chinos podrán convertirse en el primer mercado mundial. Pero, ¿qué moverá a estos consumidores? ¿Permitirá el Gobierno chino que su población se entregue a los placeres de un sistema orwelliano capitalista? ¿Alterará China sus maneras amables y persuasivas y optará algún día por el poder duro? ¿Se atreverá alguien a toserle si decide ocupar Taiwan en caso de fracasar la fascinación que ejerce sobre las nuevas generaciones taiwanesas, o si decide hacerlo… porque puede? ¿Delimitará China una “esfera de influencia” intocable en el sudeste asiático? ¿Qué tipo de líderes dará una generación que ha crecido sin libertades pero con todos los lujos de un mercado global codiciado? En definitiva, ¿cuánto tiempo son capaces de relacionarse dictaduras y democracias sin entrar en un conflicto irreconciliable o sin cambiarse fundamentalmente las unas a las otras?
Vemos que Europa y Estados Unidos atraviesan una crisis de identidad. La distensión tras la Guerra Fría ha dejado a nuestras sociedades sin modelos alternativos. La mera existencia de la URSS, a pesar de ser totalitaria, demostraba la relatividad de nuestro modelo y dinamizaba el debate sobre el futuro de nuestras sociedades. Además, el desarrollo actual de nuestro sistema de producción capitalista muestra una voluntad de enfrentamiento con los derechos civiles que vemos en los constantes recortes de derechos laborales y en el miedo creciente de los Estados a ofender a las oligarquías financieras. Es en este contexto en el que un sistema político enemigo de los Derechos Humanos y civiles que nos hemos dado parece llevarse muy bien con nuestro sistema económico y, precisamente, se presenta como alternativa de hecho a nuestras sociedades, tan incómodas de gobernar y, a veces, de explotar económicamente.
Este es el sistema que fascina hoy en día a parte de la oligarquía rusa como alternativa a Occidente y a la que el propio Occidente no ofrece respuestas frescas y decididas, sino reflejos de un tiempo pasado en que la URSS era el mal hiciera lo que hiciera. Estas resultan cada día más irrelevantes frente a la glorificación de la lógica del beneficio económico a toda costa que va minando nuestra idea heredada de una sociedad en la que los ciudadanos tengan poder.
Dejemos como final de reflexión el muy manido papel del individuo libre en la innovación económica. Pero, mejor aún, en lugar de justificar la necesidad de los derechos humanos y civiles por su rentabilidad económica, hagámoslo desde el convencimiento de que cada uno de nosotros todavía quiere tener algo que decir en el futuro de nuestras sociedades y con la creencia en la igualdad y libertad inherentes y debidas a todo ser humano sin distinción como la forma más digna de manifestarnos como especie.
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[...] Occidente, Rusia y el auge de China http://www.lamiradaaleste.com/occidente-rusia-y-el-auge-de-china/ por Preacher hace pocos segundos [...]
Entramos en nueva década que acarreará cambios sustanciales en el mapa geopolítico y por tanto geoestratégico. No debemos olvidar que China ha comprado pacientemente (como chinos) la deuda exterior de Estados Unidos. USA, no es un pleonasmo, está en manos chinas. A esa luz se exolicarían muchos de los movimientos recientes del reciente presidente Obama. La no exigencia del respeto a los derechos humanos por parte de lo que aún se llama genéricamente Occidente tanto a China como al área de la ex Unión Soviètica, que se extiende hasta sus fronteras, puede acarrear gravísimos problemas a quienes todavía creemos en la declaración que trajo al Revolución francesa, que sigue vigente y está todavía sin realizarse en la mayor parte del mundo.
Salud y larga vida para este blog, hijo de La Mirada al Este cuya trayectoria muchos lectores hemos compartido desde hace dos años. Suerte también y mucho ánimo.
Muchas gracias por tu compañía todo este tiempo, Montferrat.
Esperamos seguir contando cuanto vemos en la región. Y, los derechos humanos son un tema que me preocupa personalmente. Son lo único que nos separa de un mundo que queremos dejar atrás, pero que se resiste a desaparecer.
Un saludo.
Muchas gracias por este estupendo artículo!
Excelente analisis, felicitaciones! En el siglo XXI y aun seguimos debatiendonos entre el sistema economico y los derechos humanos, ahora globalmente. Susana
Espléndida nota. De nuevo asoman los paralelismos entre Lituania y Cataluña, aunque por el lado menos pensado. No hay que darle ideas a Joan Saura; como sepa lo de los 300
China puede ser una dictadura, pero eso no la hace ni mejor ni peor que una democracia. Estan olvidando que en sus grandes tiempos Roma fue una mejor dictadura mejor que lo que fue como Republica, que la “democracia” ateniense, era mas opresiva que la dictadura Espartana.
Mientras EUA siga invadiendo paises, masacrando gente, y sembrando ruina y desolacion, no se muestra la superioridad de su modelo democratico.
Ademas , comprados como estan por China, no creo que reclamen.
Recuerden que la bandera occidental no es la democracia, si no el capitalismo, por ello EUA ha sido blando con paises como China, y duro con paises como Cuba, primando lo economico sobre las ideologias.
@Roberto:
EE.UU. no tiene el monopolio de la democracia en el mundo. Y tampoco el de los Derechos Humanos. Justificar la tiranía local en que una democracia no respete el derecho internacional resulta falaz porque niega la responsabilidad individual en la denegación de sus derechos fundamentales a una población.
De lo que se trata es de que los ciudadanos de un país dado sean capaces de ejercer sus derechos políticos sin que les sean arrebatados los humanos. Y, en eso, China es bastante peor que buena parte de las democracias mundiales. Más que nada, porque el sistema democrático se basa en el respeto a estos derechos.
Me cuesta imaginar a alguien nacido en una democracia prefiera vivir en un Estado que te amenaza y reprime en el momento en que tu pensamiento se desvíe del oficial o en el que no sepas si la policía está para ayudarte o controlarte. O en el que vigilen lo que lees por Internet, por si no fuera “bueno para ti” o para “la patria”.
[...] Publicado originalmente en La mirada al Este [...]